El pasado jueves 28 de octubre vimos y analizamos el reportaje titulado Gitanos de la Unión.
La expulsión de los gitanos rumanos de Francia es un tema cuya importancia y repercusiones concierne no solo a este país sino también al resto de la Unión Europea. El gobierno de Nicolas Sarkozy justifica esta medida en razones de orden público y aclara que las repatriaciones afectarán a casos individuales concretos en situación de irregularidad. La realidad, por el contrario, no es tan “políticamente correcta”. El principal motivo por el que este grupo de personas es desterrado radica en su condición étnica común, y no en sus antecedentes penales, su situación laboral o cualquier otro aspecto de peso cuya consideración se daría en caso de que la persona fuera de origen, por ejemplo, francés.
En el caso de España, el colectivo de gitanos, sean rumanos o no, componen una minoría presente en la mayoría de ciudades del país. Tal y como se observa en el reportaje, pese a las personas que son ejemplo de tolerancia, respeto y aceptación del proceso lento de adaptación plena que llevan a cabo gitanos rumanos, existe un gran número de ciudadanos cuyas impresiones del colectivo de personas gitanas no llegan a coincidir con la verdadera situación en la que estas se encuentran actualmente.
Estos estereotipos se fundamentan en la generalización y forjan un rechazo hacia cualquier persona cuyo contexto diste lo más mínimo del suyo. La causa: el miedo que, tal y como su definición indica, surge como reacción lógica ante lo desconocido. Se podría decir que son pocas las personas que conocen que solo el 4% de los gitanos vive en chabolas.
El problema de esta generalización y de este desconocimiento plantea la posibilidad de considerar la cuestión de la desadaptación de los gitanos como un asunto de dos: del grupo excluido y de la sociedad excluyente. Si la finalidad de cualquier intervención social o educativa es cambiar la realidad, es fundamental que aquellos, de un bando o de otro, que presenten conductas que alteren el desarrollo armonioso de la comunidad, desaprendan lo aprendido.
Así, sería conveniente que la persona gitana que perjudique su entorno y a las personas que en él se encuentran asumiera una serie de normas de convivencia basadas en el beneficio común y la solidaridad, y que la persona no gitana se preocupara por conocer la situación en la que los gitanos viven para descubrir la verdad y destruir aquellos miedos que alejan a dos personas que comparten más que lo que no comparten.

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